El año del TODO: introducción, nudo y desenlace.

El todo empezó con una vuelta. Después de un 2020 que no olvidaremos, llegó septiembre y el regreso. Habían pasado seis meses y todos volvíamos al aula ¿Con ganas? No sé qué responderos. Lo que sí os puedo decir es que lo hacíamos como podíamos: con distancias imposibles, con ratios nada realistas, con dudas, con ganas, con miedo, con discursos imposibles,… Con un montón de frentes abiertos, no os voy a engañar.

Los días previos al inicio fueron días de reencuentro. Eran jornadas de alegría y de dudas: nadie sabía nada, solo se imaginaba o se suponía. Y es que, después de varios meses contando cifras, perdiendo a gente, el subconsciente solo conoce un camino y, creedme, no es el más positivo. Los más optimistas auguraban dos semanas de clase presencial, un panorama morrocotudo. Las aulas volvieron a llenarse y parecía que todo era normal, pero que no os engañen: esto ha estado lejos de parecerse a lo que entendíamos como normal.

Las caras se convertían en miradas y en ellas se veía miedo, terror entre compañeros. Miedo porque estábamos muy expuestos, porque nosotros nos cuidábamos, pero no podíamos cuidar a todos los alumnos ni tampoco saber si los otros se cuidaban. A todo esto hay que sumarle una realidad muy especial, por llamarla de alguna manera; una realidad protagonizada por miradas de culpabilidad acompañadas de cierres de aulas, confinamientos y mucha incertidumbre. Era esta la que nos hacía injustamente responsables y cada acción estaba atada a un guion. Si os dedicáis a esto entenderéis de qué os hablo.

La única normalidad que íbamos conociendo eran miradas. Hemos aprendido a interpretarlas y, aunque cueste decirlo, también a malinterpretarlas. Las mejores, las de dentro del aula: esas han sido clave, son las que nos han ayudado a continuar. Pero incluso dentro de la clase todo era contradictorio. Lo era, sobre todo, porque allí siempre has intentado que la convivencia se base en compartir y ayudar a los compañeros y ahora eso no valía. Era como involucionar a una forma individualista (por la salud de todos, claro), no compatible con muchas cosas. Muchos os dirán que ha tocado reinventarse, yo no lo creo. Más bien ha sido inventarse y creo que en este tiempo se han perdido cosas que difícilmente se volverán a recuperar.

Mientras tanto, el curso iba pasando, a cuentagotas, hemos ido gestionado todo, cooperando y ayudándonos los unos a los otros. Ha sido el curso más humano a nivel profesional que he vivido, para lo bueno y para lo malo. En mi caso (quiero creer que a todos nos ha pasado un poco), siempre he tenido al lado un compañero dispuesto a ayudarme y a dejarse ayudar. Y eso que muchos pensábamos que este curso duraría dos semanas de manera presencial, pero aquí estamos.

Por eso, me gustaría que nadie olvidara lo vivido. Que nadie olvide el miedo, la incertidumbre, la culpabilidad, las jornadas de infinito trabajo, el no desconectar nunca, el entender cada situación, el que nadie te entienda, el no tener ninguna directriz clara, el aprender mil formas de dar clase online, el ayudar a los compañeros y el ser ayudado por los compañeros, el pensar que estás expuesto, el sentirse solo (hemos estado muy solos), el fingir en el aula y hacer como si no pasara nada, el poder seguir enseñando y educando,…

No olvidéis este año porque cuando alguien os pregunte no hará falta que contestéis: verá miradas y, si quiere, lo entenderá todo.

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